1. Volver al origen: recordar por qué estamos aquí

El número 49 del DF del Sínodo comienza con una frase muy significativa: «El lago de Tiberíades fue el lugar en el que empezó todo». Allí Jesús llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan para que dejaran sus redes y lo siguieran.

Después de la Pascua, los discípulos regresan al lago. Pedro dice: «Voy a pescar», y los demás responden: «Nosotros también vamos contigo».

Esta escena nos invita a recordar nuestros propios orígenes: dónde comenzó nuestra fe, quién nos acercó a Jesús y qué personas nos han acompañado en el camino. Volver al origen no significa vivir de la nostalgia, sino recordar por qué estamos aquí y qué nos pide Jesús hoy.

2. La barca: una imagen de la Iglesia

La barca de los discípulos nos ayuda a comprender qué significa ser Iglesia. En una barca nadie navega solo. Hay personas diferentes, con distintas capacidades, experiencias y maneras de pensar, pero todas comparten el mismo camino.

Así es también nuestra Iglesia. No todos tenemos que hacer lo mismo ni pensar exactamente igual. Cada persona puede aportar sus dones: experiencia, creatividad, oración, capacidad de escucha y cercanía a quienes más sufren. Lo importante es ponerlos al servicio de una misma misión.

Pedro toma la iniciativa y dice: «Voy a pescar». Los demás responden: «Nosotros también vamos contigo». Esta respuesta nos recuerda que la misión no es tarea de una sola persona, sino responsabilidad de toda la comunidad.

La sinodalidad consiste precisamente en aprender a caminar unidos, escucharnos y compartir responsabilidades, sabiendo que todos tenemos algo que aportar y que nos necesitamos unos a otros.

Esta llamada también nos invita a mirar nuestra realidad con sinceridad y esperanza. Cada comunidad tiene fortalezas, dificultades y personas que necesitan ser escuchadas. No se trata de hacerlo todo de golpe, sino de reconocer qué podemos mejorar y empezar por algo posible. Cuando compartimos las decisiones y las tareas, crece la confianza y nadie siente que tiene que cargar solo con la misión. Así, la barca avanza gracias al esfuerzo de todos, incluso cuando el camino se vuelve difícil. Lo importante no es quién ocupa el primer lugar, sino que permanezcamos unidos y mantengamos la mirada puesta en Jesús. Jesús nos reúne, nos sostiene y nos anima siempre.

3. Pasar del «mí» al «nosotros»

Una de las palabras más importantes de este relato es «nosotros». El camino sinodal nos invita a superar el «mi grupo», «mi actividad» o «mi manera de hacer las cosas» para descubrir que todos formamos parte de una misma comunidad.

No se trata de eliminar las diferencias, sino de reconocerlas como una riqueza. Unos aportan experiencia; otros, creatividad; otros, capacidad de acogida, formación, oración o sensibilidad hacia quienes más sufren.

Para caminar juntos necesitamos aprender a escuchar de verdad, acoger la palabra del otro y reconocer que no siempre tenemos toda la razón. Escuchar también significa estar dispuestos a dejarnos interpelar y cambiar cuando sea necesario.

Una Iglesia sinodal es aquella en la que todas las personas pueden sentirse acogidas, escuchadas y reconocidas, sabiendo que tienen un lugar y algo que aportar.

4. Cuidar las relaciones y renovar las estructuras

El número 49 afirma que «son las relaciones las que sostienen su vitalidad, animando sus estructuras».

La Iglesia necesita organización, consejos, grupos y actividades, pero todo ello debe estar al servicio de las personas y de la misión. Podemos tener una parroquia bien organizada, con celebraciones y muchas actividades, pero, si no nos conocemos, no nos escuchamos o no nos cuidamos, nos faltará algo esencial.

Por eso, la estructura organiza la acogida, pero las relaciones la hacen realidad.

También necesitamos revisar nuestras formas de organización para comprobar si favorecen la participación, la escucha y la corresponsabilidad. No se trata de destruir lo que existe, sino de renovar aquello que sea necesario para responder mejor a los desafíos de hoy.

5. Una Iglesia que sale al encuentro

La barca no está hecha para quedarse en el puerto, sino para navegar. Del mismo modo, la Iglesia no puede encerrarse en sí misma: está llamada a anunciar a Jesús y salir al encuentro de las personas.

La misión puede comenzar con gestos muy sencillos: una visita, una llamada, una conversación o una palabra de ánimo. Muchas veces, evangelizar consiste en interesarnos de verdad por alguien y hacerle sentir que su vida nos importa.

Conclusión: volver a echar las redes

El número 49 del Documento Final nos invita a continuar el camino sinodal. Hemos orado, reflexionado y dialogado. Ahora llega el momento de preguntarnos: ¿qué vamos a hacer con lo que hemos descubierto?

Podemos quedarnos con tres imágenes: el lago, que nos recuerda nuestros orígenes; la barca, que representa a una Iglesia formada por personas diferentes, unidas en una misma misión; y las redes, que nos recuerdan que estamos llamados a salir al encuentro de los demás y compartir el Evangelio.

Quizá hoy Jesús nos invita a volver a echar las redes. Para ello, podemos preguntarnos: ¿qué relaciones necesitamos cuidar más?, ¿qué estructuras debemos revisar para que todos puedan participar?, ¿qué pequeño paso podemos dar juntos para acercarnos a quienes más nos necesitan?

No tenemos todas las respuestas, pero sí podemos decidir cómo queremos recorrer el camino: escuchándonos, cuidándonos, compartiendo nuestros dones y poniéndonos al servicio de los demás.

Porque la sinodalidad no es solamente un documento ni un proceso que termina. Es una manera de vivir y de ser Iglesia: una Iglesia que escucha, acoge, cuida las relaciones, renueva lo necesario y no se queda en el puerto.

Y, como aquellos discípulos, también nosotros podemos responder a la llamada de Jesús con sencillez y esperanza: «Nosotros también vamos contigo».

Porque el desafío no es solamente preguntarnos qué Iglesia queremos tener, sino qué comunidad queremos ser: una comunidad que camina junta, discierne junta, sirve junta y sale al encuentro de los demás en las periferias.

Orar al ritmo del Espíritu. Reflexión, silencio y contemplación en una Iglesia sinodal. Monasterio de la Resurrección ( 17 de octubre de 2026)

Miguel Ángel Pujana Ibarreche. Diócesis de Zaragoza


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