Cuando escuchamos la palabra ‘Sínodo’ o ‘Sinodalidad’, a menudo pensamos en algo interno de la Iglesia: reuniones, documentos, estructuras o reformas en los despachos del Vaticano. Pero el Documento Final del Sínodo, en sus números 47 y 48, nos da una bofetada de realidad y nos dice: No, la sinodalidad no es para mirarnos el ombligo. La sinodalidad es una profecía social. ¿Qué significa esto? Que el modo en que nos relacionamos dentro de la Iglesia tiene que ser profético, ser una respuesta directa, una alternativa y una denuncia frente a las heridas de nuestro mundo actual. Hoy vamos a profundizar en estos dos puntos clave a través de un mapa muy claro: desde el Concilio Vaticano II, la encíclica Magnifica Humanitas y los impactantes discursos que el Papa León XIV acaba de pronunciar aquí, en España, esta semana.
Vayamos al Número 47. Practicado con humildad, el estilo sinodal puede hacer de la Iglesia una voz profética en el mundo de hoy…
Este punto hace una radiografía dura de nuestra sociedad: habla de desigualdad creciente, de desilusión con la democracia, de modelos económicos que excluyen y de una violencia que fractura todo. Ante este panorama, el Sínodo retoma una frase del profeta Isaías y dice que la Iglesia debe ser un ‘estandarte alzado entre las naciones’. No para presumir, sino para mostrar que hay un modo alternativo de caminar juntos.
Esto no es nuevo. Es la herencia directa del Concilio Vaticano II. La Constitución Gaudium et Spes ya nos advertía en su primer artículo que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias’ de los hombres de nuestro tiempo —sobre todo de los pobres— tienen que ser las tristezas y angustias de la Iglesia. Caminamos en comunión con la humanidad.
Hoy, esa herencia se actualiza con fuerza. En su encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV denuncia, con una gran imagen bíblica, que estamos construyendo una nueva ‘Torre de Babel’ en lugar de la ciudad de Dios. Un mundo dominado por el poder transnacional y tecnológico que homogeneiza y deshumaniza. La comunión no es uniformidad, sino unión en lo esencial y enriquecimiento con las diferencias.
Y hace solo unos días, en su visita histórica a España, el Papa aterrizó este número 47 en el Congreso de los Diputados con palabras que nos sacuden. El Santo Padre nos hizo un llamamiento directo: ‘Hago un llamamiento a todos los presentes a abandonar los relatos divisorios que sirven para avivar el fuego de la polarización con el fin de ganar popularidad, instándoles en su lugar a adoptar la cultura del encuentro’.
El número 47 nos exige, por tanto, ser agentes de la cultura del encuentro, personas capaces de abrazar la complejidad de la realidad sin caer en el juego de las trincheras ideológicas. Algo tan actual en nuestra sociedad que nos pide trabajar y vivir en red. Para nosotros los cristianos, la verdad absoluta es Dios. Y el acceso a la realidad, cada vez más compleja, no nos lleva al relativismo, sino a descubrir el camino del crecimiento mutuo. “Aprecien la complejidad y estúdienla, aprendan a no negarla y a vivirla como una bendición.” (Discurso ante las Autoridades y el Cuerpo Diplomático, Palacio Real de Madrid) Con respeto ante una realidad tan poliédrica, y que muchas veces percibimos creyendo que es la única posible, pero que nos enriquece cuando la compartimos desde la escucha activa. A nivel creyente, estamos aprendiendo con la “Conversación en el Espíritu”, dinámica de discernimiento orante que nos enriquece al abrirnos y confiar que desde los consensos, los puntos en común y las interpelaciones que recibimos el Espíritu Santo nos llama a la comunidad cristiana. Nuestra iglesia, nuestras parroquias o comunidades deben convertirse en un «estandarte de paz» y un espacio de diálogo alternativo frente a la cultura de la crispación y la división de nuestra sociedad.
Pasemos ahora al Número 48. El modo sinodal de vivir las relaciones es una forma de testimonio con relación a la sociedad…
Si el punto anterior miraba a las grandes crisis mundiales, este mira a nuestras relaciones cercanas. El Sínodo denuncia el individualismo feroz y el aislamiento cultural. Pero hace algo muy valioso: hace autocrítica. El documento reconoce que la Iglesia, muchas veces, hemos absorbido ese individualismo del mundo a través del clericalismo o de grupos cerrados o muy críticos unos con otros. Frente a esto, el Sínodo nos pide un contra-modelo basado en el cuidado mutuo, la interdependencia y la inclusión de los marginados. El Vaticano II, en Lumen Gentium, ya nos recordaba que Dios no quiso salvarnos de forma aislada o individual, sino formando un Pueblo que camina juntos, sin dejar a nadie atrás. Caminar juntos en comunión de forma co-rresponsable es la manifestación visible del cuerpo místico de Cristo. Y en Dignitatis Humanae, nos exigía respetar la libertad y la conciencia responsable de cada persona en su caminar.
El Papa León XIV, en su discurso en el estadio Santiago Bernabéu, nos dio una solución pastoral: nos pidió ser ‘una Biblia abierta’. Los católicos en medio de las ciudades y pueblos actuales no convencemos con discursos teóricos, sino con acciones de acogida, de fraternidad y de unidad en la diversidad. El Papa concluyó con un grito de esperanza: ‘El mal no prevalecerá; cultivemos la amistad social’. El número 48 es, en definitiva, una llamada a sacar a la gente de la sombra, especialmente a los pobres, a los marginados, a tantas personas que sufren la soledad, » Cita la ecología integral que trabaja por tener en cuenta este cuidado de los vínculos humanos y con nuestro entorno. La teología feminista, con las experiencias y testimonios del cuidado, abre nuevas perspectivas que nos pueden ayudar a profundizar. Me gusta usar el saludo scout, el dedo grande protege al débil, que es básico en la educación scout y que anima al compromiso y al cuidado, dentro de la rama -los chicos mayores se preocupan y acompañan a los nuevos-, como en el compromiso transformador.
Para terminar: la sinodalidad no es una teoría eclesial, es una urgencia social. Si nuestra comunidad no sana la polarización (punto 47) y si nuestra comunidad no vence el individualismo sacando a los marginados de la sombra (punto 48), no estamos siendo una Iglesia sinodal. Estamos llamados a ser profetas de la justicia y artesanos de la amistad social.
Ahora nos toca a nosotros, y nuestra sociedad lo necesita, nuestro compromiso evangelizador, de ser Buena Noticia junto a nuestros vecinos.

Orar al ritmo del Espíritu. Reflexión, silencio y contemplación en una Iglesia sinodal. Monasterio de la Resurrección ( 13 de junio de 2026)
Sergio Martínez Sarrado. Equipo Sinodal Diocesano. Diócesis de Zaragoza


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