Me pregunto en ocasiones si no estaremos confundiendo el proceso de aplicación del Sínodo con la puesta en marcha de planes pastorales. Si así fuera, podría producirse una neutralización del impulso propiamente sinodal que quedaría subsumido en «lo pastoral» como si fuera lo mismo y, por tanto, llegaríamos a la conclusión de que nada tenemos que avanzar en la conversión pastoral y la reforma estructural por el hecho de tener un plan. Mi tesis es que los planes pastorales no sustituyen al proceso de implementación sinodal y que el trabajo de identificar caminos concretos e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales sigue abierto, aunque las Iglesias locales cuenten en el mejor de los casos con un plan pastoral diocesano. Así parecen haberlo entendido en diócesis como la de Pamplona y Tudela que, pese a contar con un flamante Plan Diocesano 2026-29, acaba de promover una jornada de trabajo con miembros de grupos sinodales y parroquias para avanzar en la implementación del Sínodo, que tuve la responsabilidad de dirigir.
Aunque ya eran práctica habitual de trabajo en muchas diócesis y parroquias, fue en 2001 cuando el papa Juan Pablo II oficializó de algún modo la trascendencia eclesiológica de los planes pastorales en la Iglesia en el contexto de una espiritualidad de comunión. En su carta apostólica Al comienzo del nuevo milenio decía el papa, que, si bien el programa es el de siempre en cuanto se centra en Cristo mismo, sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones adecuadas a las condiciones de cada comunidad. Y que es en las Iglesias locales donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de medios necesarios- que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura. De ahí su exhortación a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalaran las etapas del camino futuro (NMI 29).
Por eso es necesario que las Iglesias locales cuenten con planes pastorales periódicos debidamente programados, ejecutados y evaluados con la participación de todos, bajo la dirección de los pastores. Nada que objetar ¿Dónde estarían entonces las diferencias con el proceso sinodal y en qué medida el Sínodo no puede ser un apartado específico en un plan pastoral? Apunto tres diferencias:
En estos momentos el proceso sinodal tiene asignado un tiempo limitado, aunque extenso, de desarrollo (hasta octubre de 2028), mientras que los planes pastorales se ejecutan de forma permanente en lo que se ha dado en llamar la pastoral ordinaria.
Por otra parte, los planes pastorales obedecen a una lógica de participación en una acción pastoral coordinada que, como su propio nombre indica, es propia de los pastores. Los laicos y los religiosos participan activamente en los mismos por medio de los organismos de representación. Pero tanto laicos como religiosos tienen su propio campo de actuación eclesial: los laicos el apostolado y los religiosos el testimonio de vida según su carisma. Por el contrario, el proceso sinodal no es privativo de nadie, ni siquiera de los laicos como erróneamente se dice a veces; pertenece a todo el Pueblo de Dios. Por tanto, integra a pastores, laicos y religiosos en una tarea común de conversión pastoral y de reforma estructural, según un criterio de igual dignidad bautismal y en una dinámica de intercambio de dones en la que nadie es más que nadie.
Finalmente, los planes pastorales se orientan a organizar el hacer coordinado de la Iglesia en relación con su misión en el mundo, el proceso sinodal contempla más bien el ideal de cómo ser Iglesia de otra manera. La acción pastoral tiende al hacer, el proceso sinodal a la conversión y la reforma. La diferencia es tan sutil que igual se entiende mejor con un ejemplo: en una lógica de acción pastoral, un objetivo frente a la pobreza puede ser «Coordinar las distintas entidades y delegaciones de acción social y compartir recursos y formación para ofrecer un acompañamiento mutuo, continuo y estructurado, que fomente su participación.» (Plan Pastoral Diocesano Navarra, pág. 50). Mientras que desde una perspectiva sinodal la mirada sobre los pobres es otra: «La Iglesia está llamada a ser pobre con los pobres, que a menudo son la mayoría de los fieles, y a escucharlos y considerarlos sujetos de evangelización, aprendiendo juntos a reconocer los carismas que reciben del Espíritu.» (Documento final, 19). Evidentemente las dos lógicas, la de la acción y la del ser, son igualmente necesarias y complementarias, pero en ningún caso una suple a la otra haciéndola innecesaria.
Es más, en buena herencia escolástica -basada en el propio Aristóteles-, el obrar sigue al ser (operari sequitur esse), o lo que es lo mismo, nadie da lo que no tiene, la acción nace de lo que se es. Por lo que, en el tema que nos ocupa, la acción pastoral tendría que ser la consecuencia de la renovación de la propia Iglesia y, en ningún caso el trabajo de implementación del Sínodo, un apartado específico del plan pastoral, como ocurre con el de Zaragoza, o la justificación teórica del mismo, caso del de Navarra. Y si el razonamiento se nos antoja excesivamente filosófico, pensemos un poco por qué la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, que ahonda en la identidad de la Iglesia, precede a la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, orientada a establecer su relación con el mundo y a proponer sus prioridades pastorales.
Si no le damos suficiente tiempo, espacio y esfuerzos a la implementación del Sínodo en esta fase, se nos van a quedar olvidadas cuestiones tan vitales como la de la articulación de procesos de discernimiento eclesial, la participación de todos en la toma de decisiones, la revisión de cómo estamos enfocando la transparencia, evaluación y rendición de cuentas, actitudes de fondo como la de la escucha o la corresponsabilidad, una formación compartida específicamente sinodal o la ineludible cuestión de la igualdad real de hombres y mujeres en la Iglesia.
Es la hora del protagonismo de los equipos sinodales diocesanos que, acompañados por el Obispo, tienen como principal tarea «promover y facilitar el crecimiento del dinamismo sinodal en los contextos concretos en los que vive cada Iglesia local; identificar herramientas y metodologías adecuadas —también en lo referente a las propuestas formativas— y poner en marcha las iniciativas necesarias para avanzar en los pasos establecidos». Y, en una acción coordinada, de los organismos de participación, que «están llamados a desempeñar la función propositiva y consultiva que les confiere el derecho canónico. Por tanto, les corresponde contribuir en la elaboración de las decisiones necesarias para la implementación del Sínodo, mediante el discernimiento de las prioridades pastorales, así como la renovación de estructuras y procesos decisionales.» (Pistas para la fase de implementación del Sínodo 2.2.).
Una tarea ineludible en este momento, hagamos o no hagamos otros planes.
Emilio Aznar Delcazo. Diócesis de Zaragoza


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