¡Qué bueno si todo el mundo tuviera la experiencia de trabajar por vocación y el salario no fuera la obsesión necesaria para sacar adelante a una familia colgada de una nómina insuficiente! Desearía a todo el mundo vivir la experiencia de sentirse atrapado en un trabajo al que nadie te obliga pero del que te cuelgas con la cuerda del entusiasmo frío que hace vivir en la utopía de un oficio donde la soledad y la abundancia de gente, a tu alrededor, se dan con la misma facilidad que el cansancio y la satisfacción de no hacer nada. En la realidad de un mundo en crisis y, a la vez, entusiastas de algo que parecía a muchos haber quedado atrás.

Hace poco nos reunimos un grupo a celebrar los 60, 50 y 25 años de haber llegado a curas. Quedamos pocos. Somos de una generación que comenzamos cien, en nuestro curso, y solo dos llegamos al final. Con nosotros estuvieron otros que también dedican su vida al Dios-Hombre que nos llamó un día a hablar del Evangelio, genial relato de la vida de un Hombre que expresa en su experiencia vital lo que todos repetiremos, si tenemos la suerte de vivir con la esperanza que nos legó. No nos dejó una buena vida, ni una herencia material que resolviera nuestros problemas, tampoco una varita mágica que superase carencias. Nos dejó una Comunidad-Familia que, como todas, tiene problemas graves. Obispos raros, curas jóvenes salidos de otras épocas y héroes que tienen sus coches para deambular por los inmensos campos de Monegros, Cinco Villas o El Bajo Aragón. Algunos pasan la vida en la carretera para atender pueblos cada vez más lejanos. Su soledad se extiende por comarcas enteras sin recibir mucha atención de un responsable que se interese por su salud, su alegría o su calefacción. No son héroes de pacotilla. Son corazones humanos necesitados, alguna vez, de una palabra de ánimo. Son héroes con nombres y apellidos, mal vestidos a veces, sin asesores ni ayudantes pero con una disponibilidad que cualquier empresa envidiaría, y que no suelen escuchar mucho la palabra “gracias” de un modo sentido y cariñoso por parte de sus responsables.

Y, sin embargo, preguntadles a qué querrían dedicarse si hubieran de repetir el recorrido. No se sabe de qué pasta están hechos estos hombres que Dios llama para que escuchen a quienes otros muchos no hacen caso. Y en eso están cuando les queda un poco de su tiempo. Visitando a X o a Z. Escuchando el silencio de Dios para decirlo a otros. Abriendo los ojos de quienes no terminan de divisar su silueta en el horizonte de este valle. Buscando la Palabra que se perdió por los campos de Galilea. Recogiendo sus ecos para repetírselos a los sordos. Preparando las vasijas de vino para repartir a los que todavía reclaman un poco de sabor para la vida. Entretenidos con las gentes del pueblo cansadas de oír tantas noticias pero, como la mujer de la fuente en Samaría, sin haber escuchado palabras de amor. Ocupados en despertar a tantos muertos para que, al fin, salgan de sus sepulcros a la luz que Tú, Dios de nuestras soledades, colmas de resplandores y haces brillar para orientar a tantos peregrinos, errantes de una vida sin Santiago, sin Jerusalén o Roma.

José Alegre Aragüés. Diócesis de Zaragoza


Descubre más desde Hacia una Iglesia sinodal

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

4 respuestas a «Nosotros, los curas»

  1. Avatar de mariaja317181e42d3c6c
    mariaja317181e42d3c6c

    Me alegro mucho que caminéis hacia esa iglesia sinodal que tanto anhelamos Un abrazo y rezo

    Mª Jesús ________________________________

    Me gusta

  2. Avatar de antoaguilera
    antoaguilera

    Un alegato muy literario y acertado por los curas, por tantos curas que llevan la vocación evangélica puesta todos los días y a todas horas. A los laicos nos parece que para eso están y no necesitan nuestra gratitud ni reconocimiento. O eso hemos aprendido de generación en generación.
    Quizás algo de todo eso esté detrás o en el fondo de tanto abandono y negligencias.
    Vengo lamentando desde hace tiempo que esa gran idea de abrir un blog para airear el Sínodo de la sinodalidad haya quedado en manos y mentes clericales. Si no fuera por los curas (pocos ellos)… Los laicos no estamos, no tenemos nada que decir. Lástima!

    Me gusta

  3. Avatar de Luis Manuel Fernández Asín
    Luis Manuel Fernández Asín

    Muchas gracias Pepe

    Me gusta

  4. Avatar de diezprietopaz
    diezprietopaz

    Muchas gracias, Pepe, por el realismo que desprende lo que expresas. Y también y sobre todo porque, a pesar de muchas cegueras, los bien vocacionados brindáis, a todas luces, un servicio inconfundible de lealtad al mensaje de Jesús que despierta esperanza y sentido de la vida.

    Me gusta

Encantados de leer tus comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *