Ha sido con ocasión de la reunión del Consejo Pastoral de mi parroquia, convocado precisamente en este mes de febrero para hacer un ejercicio de discernimiento “sobre los Consejos como instrumento de participación en la Iglesia y su renovación”. Se iba a aplicar la metodología sinodal de “conversación en el Espíritu” y, tras haber visionado en el YouTube archidiocesano el podcast de la reciente reunión sobre el tema en la Casa de la Iglesia (27-I-1926), tenía verdadero interés en experimentar cómo se llevaba a la práctica.

Me sentí obligado a prepararla a conciencia, ayudado por el documento del Equipo Sinodal Diocesano que iba a servir de base para la reflexión y que se nos había enviado como adjunto en la convocatoria, con la indicación de “que había que traer rezadas las 3 preguntas de la página 3, el bloque I, Preguntas para los Consejos Pastorales”. Para mi oración inicial, me sirvió de base el relato de la curación del sordomudo (Mc 7, 31-37), leído en la Eucaristía ese mismo día.

En mi reflexión, me dejé llevar por una idea que me rondaba desde hacía cierto tiempo: acudir a los estatutos del Consejo Pastoral de nuestra parroquia, datados y aprobados hace 35 años, para someterlos a una especie de “test de sinodalidad” a la luz de los actuales estándares eclesiales, por ver si había que corregirlos, adaptarlos, o decididamente cambiarlos por otros nuevos. 

Se nos había pedido literalmente en la convocatoria “traer POR ESCRITO SOLO la pregunta 3 sobre la renovación y el futuro del Consejo, que es la que compartiremos LEYÉNDOLA  en la reunión”. Esta pregunta decía así: “¿Qué cambios o renovaciones –en la composición, metodología, horarios, periodicidad, planificación y evaluación, orden del día o modo de preparar las reuniones– podrían ayudarnos a que nuestro Consejo sea un auténtico espacio de participación, de misión y de comunión para toda la comunidad?”.

Con el fin de concretar, obviando las generalidades que yo daba por supuestas, decidí fijarme en unos puntos que, sorprendentemente en un documento emanado de las directrices de un Sínodo convocado por don Elías Yanes en nuestra Archidiócesis hace ya 40 años, podían seguir siendo válidos en la actualidad. No quería dogmatizar y los formulé en forma de preguntas.

1. ¿Por qué en los plenos del Consejo Parroquial, los miembros representantes de los diferentes grupos sólo actúan como portavoces de éstos, siendo que son “representantes de toda la comunidad parroquial y no tan sólo del grupo que los eligió” (art. 6)?

2. ¿Por qué en un lugar visible y consultable no figura la relación completa de todos los miembros del Consejo Parroquial (con sus nombres y teléfonos), para que cualquier persona interesada en las actividades de sus grupos pueda dirigirse a ellos para consultas, informaciones, sugerencias, quejas, etc, sirviendo así de intermediarios entre el pueblo fiel y el Consejo Parroquial?

3. ¿Por qué, cuando “Todos los miembros del Consejo tienen el derecho y el deber de participar con voz y voto en las reuniones” (art. 10), en la práctica, su “effetá” particular es el de un oído que se limita a escuchar, mientras que su voz puede resumirse en una sola palabra, AMÉN?

4. Aunque al párroco le corresponde “presidir las reuniones por sí o por delegación” (art. 15), ¿por qué no cumplir lo que el artículo 25 propone textualmente:“El Consejo Parroquial elegirá, de modo permanente o para cada una de las sesiones, a uno de sus miembros que tendrá la misión de moderar el desarrollo de la reunión”?

5. Dada la importancia estructural de la Comisión Permanente en el funcionamiento del Consejo Parroquial, ¿no convendría que sus tres vocales fueran elegidos “en votación secreta al comienzo de cada curso, pudiendo ser reelegidos” (art. 16), conforme a un espíritu sinodal que busca la no perpetuación en los cargos, con una representatividad nacida desde la base de la comunidad parroquial y no desde la altura?

La reunión del pleno del Consejo comenzó a las 7 de la tarde y estaba previsto que durara hasta las 9. Tras el saludo y una breve oración introducida por el párroco, éste nos invitó a que, dado que el número de participantes se acercaba a la treintena, nos dividiéramos aleatoriamente en cuatro grupos (que por cierto llevaban los nombres de los cuatro evangelistas) para seguir reunidos en salas contiguas y favorecer así la intercomunicación.

En mi grupo estábamos nueve. Un miembro de la Comisión Permanente lo presidía y, tras rezar conjuntamente una oración previamente distribuida, me encargó a mí, como sacerdote, que leyera el evangelio del día (Mc 8, 14-21). Le siguieron tres minutos de reflexión en silencio, previos a la lectura de los textos que traíamos preparados, dándonos una hoja en blanco para anotaciones. Hubo algunas intervenciones cortas (como de media página), alguna era de varias y su autora tuvo que reducirla y otros, que no las llevaban escritas, las expusieron oralmente, provocando mini debates en opiniones puntuales, que en principio se nos había recomendado evitar durante esta primera fase de exposición.

Las aportaciones eran de lo más variadas. Se subrayaba el carácter positivo de lo que el Consejo significaba para la parroquia, de que fuera testimonio de la diversidad de los diferentes grupos, de la necesidad de escuchar para planificar la acción pastoral, de atraer la atención de los jóvenes, minoritarios en la actualidad, de la rotación y renovación de sus miembros, de una metodología participativa en las reuniones, de la importancia de la Comisión Permanente, etc. Mayor debate hubo en puntos concretos como la periodicidad de las reuniones (desde tres anuales hasta una cada dos meses), su horario y duración, su carácter (estratégico o formativo), así como el tiempo de permanencia de los componentes en el Consejo. No se cuantificó ni se votó ninguna propuesta. 

Como llegaba la hora de finalizar la reunión sectorial, se invitó a cada uno que destacara un punto para la posterior puesta en común. Yo hablé en último lugar e insistí en mi opinión de que las intervenciones se habían centrado mayoritariamente en sus grupos respectivos, mientras que se había ignorado prácticamente al resto de la comunidad parroquial. Uno de los integrantes se ofreció para servir de portavoz en la fase común posterior y propuso un resumen articulado en dos capítulos: el Consejo en cuanto tal y puntos concretos referidos a su funcionamiento.

En la reunión general, los cuatro redactores presentaron las conclusiones de sus grupos. Por lo que al mío respecta, ninguna referencia a mis propuestas particulares. Se inició a continuación un breve intercambio de opiniones sobre puntos concretos. El párroco dijo que los llevaría a la Comisión Permanente para que los tuviera en cuenta a finales del curso, cuando volvería a tratarse de nuevo el tema. Quedaba poco tiempo y, aunque no estaba en el orden del día, el representante del Equipo Económico presentó las cuentas del año precedente, con una corta explicación. No se comentaron ni hubo aclaraciones o debate sobre ellas, aprobándose por aclamación. Tras unos minutos de ruegos y preguntas, el pleno acabó con las gracias del párroco a los asistentes y el rezo colectivo de un “Gloria al Padre”, mientras sonaban en la torre de la iglesia las campanas de las nueve.

Ya en el camino de vuelta a casa, alguno de los asistentes comentó la alta participación y el gozo que producía el espíritu positivo y de colaboración que había impregnado todo el Consejo. Yo me pregunté internamente si no había tenido que ver con ello la acción del Espíritu Santo, propiciador de los consensos y favorecedor de las opiniones mayoritarias. Aunque me asaltó la duda de que mi opinión personal, ya desde el comienzo, hubiera sido inspirada por el espíritu de alguna Astarté fenicia, favorecedora de los particularismos, propulsora de los debates, de los disensos y de las posteriores votaciones, sembradora en definitiva de cizaña y de mal rollo.

José Luis Febas Borra. Diócesis de Zaragoza


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Una respuesta a «Mi primera conversación en el Espíritu»

  1. Avatar de Santiago Coello
    Santiago Coello

    Muy interesante y oportuna, me parece además muy acertada esta opinión.

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