En la vida cotidiana hemos oído hablar de que alguna persona es (o no es) profeta en su tierra. ¿Y en qué nos podemos fijar, qué sentimos, cómo nos arde el corazón al encarnar esta palabra en Óscar, , en Maura e Ita, en Teresa, en Jesús, en …?
En el fondo, nos revela alguien distinto, alguien que nos desvela realidades ocultas porque las enfoca desde otra perspectiva, con otro horizonte, buscando, mostrando nuevos caminos en los que no habíamos reparado. Tal vez la vegetación era demasiado abundante, la luz sumamente escasa o el sentido nublado por …
Profeta, en lenguaje cristiano, es quien nos habla. A pesar de la cultura de las imágenes sigue siendo fascinante la atracción de las palabras. Al fin y al cabo la verdadera, si es que existe, patria y matria es el lenguaje, el sonido. A través de él vemos el mundo, incluso antes de enfocar adecuadamente.
El profeta nos “traduce” las palabras de Dios, que le han sido personalmente susurradas, a la situación y el contexto de cada época. En Jesús quiere coronarse la estela de las revelaciones de toda de la profecía precedente. Pero su predicación no fue solo mediante el v(V)erbo. Toda la vida de Cristo fue una enseñanza continua: sus silencios, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor por las personas, su predilección por las pequeñas y las pobres, sus exigentes interpelaciones, la aceptación de la Cruz para la liberación/redención del mundo, su resurrección.
Si nos paramos un momento a pensar en todos estos aspectos veremos que Jesús no es solamente un maestro manso que nos facilita las salidas. El estilo literario de los evangelios, “diseñado” para cada comunidad receptora (de ahí las diferencias en los episodios recogidos, en los énfasis de cada “libro”, en las “ausencias”, en los tonos, más duros unos, más “reconciliadores” otros) ayuda a tener otra panorámica. Señalar los contrastes con ejemplos y con frases claras y llamativas pone el foco en el disenso, en las grietas invisibles, provocándonos, situándonos, como la multitud a punto de apedrear a la adúltera, en un lugar que no esperábamos. En esta coyuntura nos invita a hacer visibles las exclusiones del plan de Dios, los conflictos que no hay que evitar, que son “tierra sagrada” donde aprender sobre el discurso y la vida de Dios.
Falta, y puede parecer una exageración, lo más importante, tal y como comienza el punto 22 del documento final. Todas y cada una de las personas que estamos aquí, todas participamos “del carácter profético de Cristo”. Todas participamos de estas capacidades. Tu estás destinada a ser profeta. Cada cual a su estilo, cada cual en su momento, diferente a cada edad, cada quien en su lugar, siempre insertas en el Pueblo Santo de Dios. Al fin y al cabo, “Dios no hace acepción o distinción de personas” (Rm 2, 11; Gal 2, 6, Hch 10, 34; Ef 6, 9)
Todas las personas creyentes tenemos esa capacidad de iluminar, ese “instinto para la verdad del Evangelio”, esa cercanía a “las realidades divinas” basada en el hecho de que en el Espíritu Santo las bautizadas “son hechas partícipes de la naturaleza divina”. Así pues, nada de vértigo, confiemos en nuestros talentos, imprescindibles para aportar y participar del sensus fidei, ese talento individual pero siempre inserto en la comunidad cristiana, para alcanzar ese “consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres” definido en el número 12 de la Lumen Gentium, Constitución promulgada en la sesión pública del 21 de noviembre de 1964 del Concilio Vaticano II:
¿Por qué?
Pues de otra manera, con ausencias, sería imposible que alcancemos como Pueblo de Dios ese objetivo. Inalcanzable que demos una mejor y “más plena aplicación en la vida” «a la fe confiada de una vez para siempre a los santos (y las santas)».
Necesitamos de la escucha, de la comunicación, de la consulta continua y comunitaria que vincule a todas las personas y así profundizar en el significado de nuestra fe y, por tanto, de su traslación a nuestra vida, tanto personal como colectiva, tanto económica como social. Desde la perspectiva de que la Iglesia, al igual que Jesús, es enviada por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10), a reconocer especialmente en las personas pobres y en quienes sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellas a Cristo.
Así pues, nuestro camino, tanto personal como iglesia peregrina en la Tierra, debe ser un criterio permanente de discernimiento pues siempre tenemos necesidad de penitencia y de renovación.
El criterio debe “encarnarse” en un método, que puede variar según los contextos, las culturas y los tiempos, de manera que recoja adecuadamente ese “instinto espiritual”, que traduzca en lenguaje el sentir del Pueblo de Dios, con la asistencia de la teología y de los pastores como garantes y testigos de la manifestación del Espíritu. Nunca como dueños pues ninguna persona sola tiene todos los carismas y los dones. “Nadie es bueno salvo uno, Dios”. Así, su liderazgo debe ser autoridad relacional y servicio. Un método que facilite la puesta en común y la escucha y la toma de decisiones pues la deliberación sin la decisión queda coja, ciega y muda. Para todo ello, repito, es necesaria, es imprescindible tu voz pues en numerosas ocasiones Dios se revela a las personas humildes y sencillas (también a las personas sabias). De esta manera podremos seguir manteniendo “encendido” el Espíritu, prestando atención a las profecías, examinando todo y quedándonos con lo bueno (1Tes 5, 19-21).

Orar al ritmo del Espíritu. Reflexión, silencio y contemplación en una Iglesia sinodal. Monasterio de la Resurrección (10 de enero de 2026)
José Ramón López Goni. Diócesis de Zaragoza


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